Líderes que no lo fían todo al consenso

A veces una fe roussoniana nos lleva a buscar el consenso como la vía idónea de solucionar los conflictos de intereses. Sin duda, el consenso es siempre la solución deseable. Pero no siempre es la solución posible. El cambio no es un deporte de consenso dentro de las empresas: genera incertidumbre, saca a la gente de su área de confort y redistribuye poderes. No siempre el consenso es posible en las empresas y no por ello los cambios deben esperar infinitamente. La innovación, por ejemplo, no es un ejercicio de consenso y no hay más que ver el revuelo que produce dentro de las organizaciones cuando va en serio y altera las cadenas de valor. Un entrenador de cualquier deporte no puede hacer sus alineaciones por consenso. Mover personas, redefinir procesos, alterar intereses o equilibrios de poder por consenso es a menudo lo mismo que aceptar una vía tan lenta de cambio que impide cualquier atisbo de competitividad. El consenso requiere un tiempo que no siempre permiten los mercados. Por el contrario, situarse en el polo contrario e imponer todo desde el autoritarismo deja las organizaciones desiertas de motivación e implicación, despobladas de valores básicos. No queda más camino que el liderazgo, aportar visión, trenzar lógicas que permitan el cambio y tomar decisiones sin olvidar el puzle de intereses que están en juego. Cuando el liderazgo es débil o muestra síntomas de cansancio la apelación al consenso es lo mismo que admitir que las fuerzas internas se neutralizarán unas con otras y cualquier cambio significativo será imposible.

NOTA: los resaltados en negrita son míos

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