Ante todo esto no puedo dejar de plantearme la siguiente cuestión: Yo, profesor de carne y hueso, que dentro de un cuarto de hora debo entrar en clase, luego de estar refugiado en mi departamento para no oír la algarabía del patio, que luego de que suene el segundo timbre comenzaré a explicar una lección y ya nadie podrá entrar ni salir del aula hasta que vuelva a sonar el timbre, y cuando esto ocurra los alumnos se levantarán de sus sillas, aunque yo no haya terminado mi explicación, como liberados de una circunstancia en la que no se reconocen y de la que desean liberarse lo antes posible; yo, profesor de a pié, qué me puede suceder cuando pregunte: ¿qué queréis aprender, o qué deseáis hacer?
via carbonilla.net
Pues eso, ¿cómo transformar aquello que en la nube "suena a melodía celestial" en "verdades terrenales"? O cómo reconvertirse de profe en ángel (si se me permite la analogía).

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