A veces he hecho la prueba.
Profe, ¿ya ha corregido los exámenes? Sí, digo, aquí los traigo. Y los reparto, llenos de correcciones pero sin calificación. Sin nota. Profe, no están corregidos, protestan.
No les interesan las correcciones sino la nota, porque el sistema escolar está fuertemente orientado hacia la titulación. Cumple una función (además de la de guardería) burocrática, por eso la nota es sagrada. Un profesor puede no ir a clase de tanto en tanto (en la pública), explicar mal o sencillamente no explicar, corregir sin criterio, ignorar el proyecto educativo… pero no puede dejar de poner las notas cuando llega la evaluación. No conozco un solo caso en que se haya producido tal rebelión.Calificamos, no corregimos. De ahí que en las reuniones de evaluación se repitan los tópicos como en un disco rayado. Estudia poco, le faltan hábitos, tiene poca base, no presta atención, se despista. Fórmula universal que sirve para todos los alumnos que van más a o menos mal. Solución genérica que a nada compromete ni genera expectativas de cambio.
A pesar de lo cual, toda la parafernalia que envuelve el proceso de calificación (notas, medias, exámenes, subir nota, recuperación, trabajos, se porta mal, es un maleducado, negativos, amonestaciones…) es la referencia básica de la arquitectura escolar. La nota es su piedra filosofal.
En pleno siglo XXI, queramos o no, la evaluación sigue funcionando así, yo diría, que casi en el 100% de los centros (al menos en la ESO y en el Bachillerato). ¡Qué levante la mano (y de paso deje evidencia escrita) quien no lo crea así!

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